Tu influencia en los demás

Tu influencia en los demás.

 

Dado que constantemente pasan personas por nuestra vida, habría que hacerse un replanteamiento de cuál es tu influencia en los demás. Cómo salieron esas personas al terminar el paso por tu vida, si salieron fuertes, derrotados, o tal vez, enfadados, etc. Influimos en demasiadas personas como para tomarlo a broma. Hablo por supuesto, de encuentros físicos, no aplicables a relaciones con un ordenador por medio, en que se supone más que se sabe. Y como la imaginación es libre.

Iba a explicar de forma más impersonal nuestra influencia en los demás, pero voy a contar uno de los casos que he vivido, hablaré de Miguel.

Hace al menos veinticinco años, yo trabajaba en una empresa, al cargo de la administración, había un largo pasillo hasta llegar a mi despacho, desde mi mesa vi como un figura escuálida que parecía que iba romperse se iba aproximando a la puerta, la abrí y era un chico de unos 15-16 años, con una delgadez extrema, ropa que parecía sacada de un contenedor. Le pregunté qué quería y su vocabulario iba a juego con su presencia, se expresaba mal y en tiempos verbales que hacían daño a la Real Academia Española. Pero lo que importaba es lo que Miguel quería decir, y en pocas palabras, lo que quería era que le diese limosna. Parecía que era su forma de vida, luego comprobé que así había sido.

Tuve una pequeña conversación con Miguel y le dije, resumiendo, “si no tienes ninguna dificultad para trabajar, si eres joven, tu no necesitas limosna, necesitas trabajar”. Miguel sacó el recurso de las excusas, al igual que muchas personas que viven de la limosna y que han acudido a mí. Un discurso lleno de victimismo y palabras que no estaba dispuesta a perder el tiempo escuchando. Así que le paré a media conversación y le dije: “Si quieres que te dé dinero tendrás que trabajar, ¿qué trabajo sabes hacer?” Él agachó la cabeza, confirmando que sabía poca cosa, y empezó a salir de mi despacho, entonces le pregunté- “¿Sabes limpiar? ¿Sabes hacer recados?” E inmediatamente se dio la vuelta afirmando con la cabeza. Quedé en que viniese otro día y ya le daría algo de trabajo.

¡Cuál fue mi sorpresa al verle llegar al día siguiente! De nuevo sus piernas escuálidas entraban por el pasillo, pero esta vez a un ritmo más rápido y en la mano cargaba una gran bolsa que no sabía que era, pero no tardé en descubrirlo. Se había traído sus propios productos de limpieza. Sonreí y le di instrucciones para que limpiase una parte de un local, poca cosa, lo suficiente para darle dinero que no procediese de limosna, sino de trabajo. Así transcurrió ese día.

A la semana siguiente Miguel volvió de nuevo para trabajar más. Venía contento, hablaba y reía mucho. Empecé a interesarme por su vida y me contó que eran 7 hermanos, vivían con su madre, en un barrio de estos que todo el mundo huye de pasar por allí. Su padre iba de vez en cuando, porque tenía otra familia en un pueblo cercano, con otros 7 hijos y otra mujer, sí, tal y como lo estáis leyendo. Pasaban hambre, nadie trabajaba, no sé si el padre lo hacía, pero no quise saber más de él. Aún trabajando tenía 14 hijos para darles de comer, aunque me temo que si ganaba algo se lo gastaba en el bar, por algunos comentarios que me hizo. Vivían de asuntos sociales, Caritas y pidiendo.

Miguel me confesó que cuando salía de la oficina, con el dinero que le daba, se iba a comprar comida al supermercado para sus hermanos.

Un día hablando con una amiga que también trabajaba en lo mismo que yo, pero en otra oficina, al otro lado de la ciudad, me dijo que ese chiquito que yo le había nombrado había ido a su oficina pidiendo trabajo. ¡Me quedé asombrada! Ya no pedía limosna, pedía trabajo.

Un día le mandé a comprar unas cosas, al regresar y darme el cambio me di cuenta de que no sabía ni contar, ¡no daba crédito!, ¿¡cómo podía haber terminado el colegio y no saber ni sumar ni restar!? Le dije que eso era muy peligroso, que lo podían engañar. Entonces me ofrecí a enseñarle. Venía en los descansos que tenía yo para el almuerzo, y durante una temporada le enseñe a sumar y restar.

Consiguió por ahí algún trabajo más como el que le daba yo. Un día vino una hermana con él para pedir trabajo para ella. Entonces me di cuenta que había que tomar otras decisiones, ya que no podía formar una plantilla ilegal, Miguel apenas pasaba la escoba media hora, lo suficiente para poderle dar dinero y que se marchase. Pero ya no podía con más gente. Entonces decidí hablar con mi padre para ver si podía darle trabajo a Miguel de forma continua. Mi padre accedió.

Miguel se convirtió en el lazarillo de mi padre. Todas las mañanas mi padre quedaba con Miguel en un bar, antes de comenzar a trabajar, y lo invitaba a desayunar. Mi padre decía que así se aseguraba que ese día había comido algo. Eran muchos hermanos y el dinero de él apenas llegaba para cubrir el hambre que tenían. También se distribuían mal, entraba el dinero y en un día comían como locos y el resto a verlas venir. Nadie les había enseñado nada.

Mi padre también le dio trabajo a la hermana de Miguel (no me he olvidado de ella), pero de forma esporádica. Ella tenía temperamento, pero era muy callada, intenté abrirme a ella y realmente estaba llena de complejos. Su pelo era muy rizado y negro (ella lo odiaba), yo le decía lo guapa que era y ella me miró de tal forma que supe que era la primera persona que se lo decía.

Unas navidades, trabajando con mi padre, se organizó una recolecta para comprarle una gran cesta de Navidad. Eran 90 personas trabajando, así que la cesta fue muy sustanciosa. Esas navidades comieron como reyes. Recuerdo una de las veces que fui a llevarle a su casa comida, creo que fue la primera vez en mi vida que pensé que un arma era necesaria. Era de noche, no había luz en la escalera porque habían robado todas las bombillas, hasta los interruptores, de hecho un vecino, en vez de puerta de entrada tenía una cortina, porque la habían usado para leña. Entonces me di cuenta de la dificultad de salir de ese circulo. Pero Miguel, en cierto modo, lo había conseguido.

Durante años trabajó Miguel con mi padre, hasta que un día mi padre murió. Pero bueno, Miguel había aprendido muchas cosas con mi padre, así que los amigos de mi padre no tardaron en ofrecerle trabajo.

A los años vi a Miguel de nuevo, se había hecho un superviviente, dejo de trabajar con los amigos de mi padre, y empezó a trabajar en el sector de la construcción y sus derivados. Sabia buscarse la vida. Ya no era el niño que entró a mi despacho y que solo sabía pedir limosna. En esos años creció muchísimo, se notaba que ya llevaba una mejor alimentación. Esta es la historia de Miguel.

Las personas pasan por nuestra vida y somos nosotros los que con nuestra forma de verlos les ayudamos o no. Si hubiese visto a un pobre, inculto, de un barrio que daba miedo, le hubiese dicho que no le daba nada y ahí hubiese terminado la historia de Miguel. Pero por alguna razón, yo siempre intento ver en los demás su potencial, no lo puedo evitar, es innato en mí, vi que Miguel era más que eso. Y en la medida que pude le ayudé a que él lo viese también.

Hay un dicho de Jorge Bucay que me gusta mucho “El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es”

El problema es cuando ven un mendigo y no ven quien es. ¿Cómo se puede ayudar a otro si tu visión del otro no te dice quien es? Si yo hubiese visto un pobre y le hubiese dado limosna, no habría hecho más que afianzar en él la creencia de que solo podía hacer eso. Y ESO también hubiese sido responsabilidad mía. Todos nuestros actos lo son.

Eso fue hace 25 años, pasaron muchos Miguel más por mi vida, con formas, hechos y circunstancias diferentes, pero a todos, los vi y creí en ellos. Porque a la humanidad no hay que creerla solo cuando se hacen grandes logros, sino cuando su alma perdida se esconde detrás de la miseria. Confiar en la humanidad solo cuando se hace un acto heroico, de gratitud, digno… es incultura sobre la humanidad.

Lucía Ferrándiz

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